Lhasa: YANGTZE KIANG

 

Tiene mucho amor propio y comprende enseguida lo que desagrada. Si afuera hace muy mal tiempo, aprenderá a hacer sus necesidades en una arpillera o en papel de periódico.

El Lhasa no es agresivo, y cabe decir que por lo general se entiende perfectamente con el gato de la casa. Aunque indudablemente podemos calificar a este animal de "perro-gato". También se le podría tener por un león de bolsillo.

A pesar de todo el Lhasa pertenece por entero a la especie canina, sabe perfectamente señalar cualquier hecho insólito, y su vigilancia nunca tiene el menor descuido aun cuando no forme parte de los que ladran por cualquier cosa. Con los desconocidos se muestra muy desconfiado o reservado, sin llegar a ser agresivo.

Es un perro de interior, primero por su temperamento tan casero, y en segundo lugar, porque su pelaje impone cuidados y algunas precauciones si se quiere que se conserve intacto.

Le gustan los paseos, siempre que pueda hacerlos. No es aconsejable meterlo en los charcos ni en el barro, pero tampoco pondrá el grito en el cielo por ello. No le teme al frío y a menudo le gusta la nieve pues no ha olvidado que nació en las alturas.

Lhasa: YANGTZE KIANG

 

Su carácter puede parecerse más al gato que al del perro en muchos aspectos. En común con el gato tiene la adicción a la independencia, la dignidad, el sentido del confort, así como bastante a menudo un espíritu más bien casero y cierta reserva. No es que sea desobediente por naturaleza, pero si ha decidido que un sillón sea su sitio favorito, costará echarlo de él.

Este perro no tiene un carácter difícil ni gruñón; si uno se enfada con él, preferirá esconderse debajo de un mueble hasta que pase la tormenta no sin dejar de observar atentamente cuanto sucede a su alrededor.

No es de los que se dejan manosear constantemente ni que lo manipulen o lo traten como un juguete. No se encontrará a gusto en una familia en la que un pequeño diablo imponga la ley y se dedique a molestar al perro de la casa para divertirse.

Ello no quiere decir que no sea aconsejable el Lhasa Apso en los medios donde hay niños pues, en cuanto éstos hayan llegado a tener uso de razón y se les haya enseñado a respetar al perro, podrán encontrar en él a un maravilloso compañero de juegos, y conseguirán de él lo que quieran si lo alimentan y pasean.

 

El Lhasa, que no tiene nada de gruñón ni de mal genio, es alegre y juguetón, aunque no siempre, y procura que lo dejen tranquilo, es un independiente, un señor oriental, y no suele entregarse de buenas a primeras hay que esforzarse por comprenderlo y observarlo.Llega a tener un profundo apego por su dueño, cuya constante presencia le resulta necesaria.

Tranquilo en su rincón, parece que no le interese nada de lo que le rodea, pero en realidad, sigue todos los movimientos y gestos de quien le haya adoptado. En cuanto éste cambie de ocupación o se disponga a salir, el perro se sentará sobre sus patas traseras en actitud de alerta.

El Lhasa aporta una verdadera y reconfortante presencia, sin que nunca se convierta en un estorbo, pedigüeño, excitado, importuno: además nada se le escapa a este atento observador; se da cuenta enseguida de si se ha desplazado, quitado o puesto un mueble o cualquier objeto en su territorio. Con un perro así hay que tener mucha psicología.

 

 

Su origen se debe sin duda el que el Lhasa tenga una salud de hierro. Muy raramente aquejado de la enfermedad que sea. Su promedio de vida llega muchas veces a una quincena de años, y se sabe de ejemplares que han sobrepasado los diecisiete y hasta los dieciocho años.

La belleza de su pelo también dependerá de la alimentación, que se habrá de complementar juiciosamente.

Pero asimismo entran en fuego los factores hereditarios. A pesar de los cuidados más atentos, el Lhasa nunca tendrá un pelaje importante si no produce de linajes cuidadosamente seleccionados durante largo tiempo.